14.5.07

Digresión sin nombre, por Subjuntivo

Por favor, tómense unos segundo para leer esto. Sé que es largo, pero es genial.

Subjuntivo respondió a mi pedido de despotricar contra los sobrevaluados escritores ingleses, y agregó algo no pedido, pero muy merecido, un elogio a Auster. Por favor, no se dejen asustar por el largo del texto: me parece brillante, más si saben, o al menos tienen una mìnima idea, de lo que está hablando. O tal vez es que don S. puede poner en precisas palabras lo que a mí tanto me cuesta...

"Bueno, más porque no pude resistirme al pedido que porque crea que estoy en condiciones, aquí va. De cualquier modo, es sólo un rejunte de opiniones...

Empezaremos por el más obvio y más fácil realmente: Lodge.

Lodge es, para usar un término técnico, un pelotudo. Es la clase de pelotudo que se cree, sea porque alguien se lo dijo, o porque es un pedante, o un ignorante, o por la cantidad de libros que vendió, que escribe bien. Pero no.

Y debemos hacer aquí, yo creo, el primer parate: escribir sin faltas de ortografía, y con buen conocimiento de la gramática, y ser capaz de estructurar párrafos y blablabla es sólo una parte de escribir (o en todo caso de escribir “literatura”: para la lista del supermercado sobra); el resto va más allá [si no se entiende el concepto, remítanse a Arlt]. Estos son, en todo caso, agregados que aumentan el valor de la obra. Pero la esencia de la obra debe, por necesidad, ser otra.

Y volvemos a Logde: empecemos por la historia, la esencia. Las historias de Lodge son malas: aún el mejor escritor se vería en problemas si tuviera que escribir sus historias así como él las presenta. No tienen vida, no son interesantes, no son lo suficientemente coloquiales o cotidianas tampoco como para golpear en lo más visceral del hombre común. Son, por el contrario, una historia a medio camino. En muchos casos, para completarla, se trata de historias situadas en ámbitos pseudoacadémicos, como si quisiera permitirle al lector, por medio de su pobre prosa, ingresar a un mundo al cuál no pertenece. Nos habla entonces de conferencias, de presentaciones de libros, de viajes, de universidades, de profesores (él mismo es profesor), de periodistas y demasés. Pero la historia no es interesante: ya empezamos mal.

Después está la manera de contarla: aún las historias más simples (no estoy diciendo necesariamente que las historias de Lodge lo sean) son interesantes si están bien contadas. Lamentablemente, no es el caso. La narración es lineal, los sucesos predecibles, los personajes absurdamente transparentes, los detalles abundan innecesariamente, el contenido se pierde entre palabras que sobran. Página tras página llena Lodge con palabras que postergan un desenlace que, cuando llega, decepciona. Y estas páginas están llenas de “vocabulario”, como habitualmente se lo llama. Inútil e innecesario, insisto. No basta con usar muchas palabras, y una buena cantidad de palabras no garantiza nunca una buena descripción. Y no siempre las descripciones son tan necesarias ni tienen que ser tan exhaustivas ni tan obvias: no seas Hollywoodense, David.

Un párrafo aparte merecen los nombres de sus personajes. Aquello que en otros autores es símbolo de inteligencia y una hermosa sutileza, en el caso de Lodge es prácticamente una ofensa: no hay por qué tratar al lector de idiota (mucho menos si te da de comer, amigo). Quienes sepan algo de inglés, o estén interesados en ojear un diccionario, podrán entender de qué hablo si reparan por unos segundos en Mr. Wilcox, Ms. Penrose, Mr. Zapp, Mr. Suncliffe, etc...*

Casi para terminar, podríamos hacer mención a los finales de Lodge. En general (y digo esto porque por suerte no leí todos sus libros) el final es, si puede entenderse, la peor parte. Sacrificaría todo el esfuerzo de un medio mediocre si pudiera, al menos, quedarme con la sensación de cosquilleo que produce un buen final. Pero no. No sólo llego a los finales deseando que termine, sino que, para peor, el final es aún peor, si puede entenderse, que lo anterior. Un cierre abrupto que sólo cumple las funciones mínimas de un final porque Lodge, evidentemente, tiene algún manejo del uso de la gramática, párrafos y demases, pero que degrada aún más la historia. Obvio y abrupto, a la americana, con herencias que caen de los cielos, o muertes inesperadas y oportunas, o... lo que sea.

[Me doy cuenta ahora que sea tal vez útil y/o necesario explicar brevemente cómo y por qué llego a Lodge y a los que siguen: todos, o casi todos, los profesores del profesorado de inglés, y por lo que sé también del traductorado, tienden a pensar que, pese a su pobre capacidad como escritor, vale la pena leer a Lodge porque está al nivel del curso, y sirve para, digamos, incorporar vocabulario. Prefiero leer el Oxford Dictionary for Advanced Learners, sépanlo! Y es así como he leído estos autores. Ah, y una cosa más: los leí en inglés: no puedo dar fe del contenido de las traducciones, que entiendo puede ser peores o mejores que el original]

Pasemos a Barnes. Una breve investigación sobre Barnes nos revela un dato clave: en un pasado no tan lejano, estimo que recién salido de algún lado, fue lexicógrafo. Para quienes no sepan qué es eso: el tipo laburaba para un diccionario. El Oxford, si no me falla la memoria. Y esos tipos suelen ser regrossos, les aclaro. Ahora, y de nuevo: no alcanza con ser regrosso, ni saber mil palabras, ni tener doble apellido o sacos caros. Lo de Barnes es distinto (y reconozco que hace mucho que no leo una novela suya). Barnes tiene, tal vez, supongamos, buenas historias. Talking it over es un historia simpatica, digamos, y Love Etc, su sucesora, casi diez años después, puede serlo también, tal vez. Pero llegan a las manos de Julian. Y yo no sé si porque es un pedante, o un salame, o porque no puede quitarse el pasado de encima, o porque es un jodido, o por qué, yo no sé, pero empieza a llenar todo de palabras difíciles (me acuerdo de Castillo, y su anécdota) y entonces ya está, se desvirtuó todo. Julian, amigo: las novelas no son diccionarios encubiertos. Y saber más de un idioma no despeina a nadie tampoco.

Vamos a Mc Ewan. Ian es un señor que, de algún modo, sí es escritor. Se dedica a escribir, se preocupa por escribir, pareciera que le gusta escribir, la crítica lo aclama como un gran escritor... y sin embargo.... se queda a medio camino, o a escasos metros. Definir lo que le sale mal es difícil; igual de difícil que decir qué le sale mal a aquel al cual, aún con las mejores intenciones y los mejores recursos, le sale mal. Tener las mejores acuarelas y los mejores lienzos no asegura el mejor resultado, creo que es esto lo que intento decir desde hace muchas líneas. Y Mc Ewan tiene algunos puntos a su favor, pero después de varias páginas, y en mi caso novelas enteras, no logra “llenar”. La historia es, de nuevo, floja, pero de alguna manera se las ingenia para hacernos creer que se disfraza de pobre pero es grande. Y muchos comemos, y esto es un punto a favor de Ian, pero después seguimos leyendo, y la historia no es buena, y esa chorrada de detalles inútiles no encuentran justificación, y tantas palabras desperdiciadas para qué, y uno descubre que aquella historia que pudo ser buena y estar bien contada, murió, se perdió en el olvido. Y entonces uno se pregunta si valió la pena leer tanto para tan poco.

En Saturday ("Sábado") por ejemplo, se toma el trabajo de pasarse más de una o dos horas con un cirujano, para aprender los detalles de tal o cual técnica. Admirable realmente. Ahora... para qué? Para dar rasgos de realidad a una historia que no cierra, y hace agua en más de un flanco? Si algo hace bien Ian, es hacernos creer que algo bueno está por venir, y así seguimos leyendo. Lástima que nos decepcione a cada instante. En suma, muchas palabras y lindos giros, pero de emoción o literatura (o vuelo, como alguien podría llamarlo), cero.

Para ir terminando, agregaré a la lista a Kureishi. Hanif es raro. Primero llegué a Gabriel’s Gift ("El regalo de Gabriel", o "El don de Gabriel", según lo hayan evaluado los traductores: es uhn juego de palabras). El libro no es lo que yo llamaría malo. Tampoco bueno. O sea: tiene de lo uno y de lo otro. En realidad el libro es simpático, y no mucho más. Una vez más, la idea no es de lo mejor, y ahí donde se podría sacar ventaja por medio de una gran capacidad para contarla, Hanif hace agua, y a duras penas de las arregla para sobrevivir. La novela es por momentos floja, por momentos aburrida, por momentos apasionante, por momentos prometedora, por momentos aburrida, por momentos predecible... y al final... no es buena. Y aunque la crítica se llene la boca, la novela adolescente para adolescentes se escribió hace rato ya, a manos de Salinger (quién, dicho sea de paso, se encargó de darle más poder que Hanif, y de usar las “four letter words” mejor y con más sentido que Lodge). Y Holden le saca años luz a Gabriel a la hora de definir al adolescente, así sea en los ‘50s o en el ‘00s.

Después me tocó cruzarme con un libro de cuentos (Love in a Blue Time). Empecé cuatro, o cinco, pero no lo logré, no pude terminarlos. Un cuento no es una novela, es otra cosa, y si leo dos párrafos y no va, no va. O sea, no fue.

La cosa cambió, debo admitir, después de eso. Me tocó experimentar Intimacy. Ése sí es bueno. Es bueno porque toma un tema trivial y trillado como es una separación, un principio de divorcio, y ahí donde todos se quedan en las ropas, éste se mete en la carne, y dice sin problemas aquello que más de uno no podría ni pensar. Y después sigue. Y entonces, yo no importa tanto cómo termina. Y al final, de alguna manera, termina, y está bien.

O sea que, de alguna manera, Hanif está en el medio, y depende de qué te toque leer, lo que puedas opinar del tipo. Tal vez tenga capacidades, pero no siempre pueda explotarlas.

De Anne Tyler no voy a decir nada porque, realmente, no vale la pena. Podría decir que Border Crossing, de Pat Barker, se deja leer, pero así hay muchos supongo...



Ahora sí, pasemos a lo interesante: Paul Auster.

Era un brand new púber cuando me mandaron leer City of glass, un tercio de The New Trilogy. Y no me gustó, para qué voy a mentir.

Y después pasaron años, y llegó Oracle Night, y después Brooklyn Follies, y también Hand to Mouth, A Chronicle of Early Failure, y The invention of Solitude y The Red Notebook y Why Write?, y todavía estamos esperando Travels in the Scriptorium.


Y ahí donde Lodge no tiene historia, Auster pone una. Una buena. Y donde Barnes pone palabras difíciles (un viejecillo), Auster pone un viejo; y donde Mc Ewan dice “un artefacto construido por el hombre moderno que a través de los años consiguió convertirse en un implemento esencial en el cuál el hombre podía apoyar un implemento de cocina que sirve para verter en él cualquier tipo de líquido que el ser humano así lo considere conveniente o cualquier otro que a los efectos fuera necesario o posible blablabla”, y donde Barnes dice trasashtk, Auster dice mesa y, de ser necesario, taza. Y mientras Mc Ewan persigue al cirujano, Auster se encierra en el estudio, y escribe en su libreta roja o azul, o, simplemente, levanta el teléfono para escuchar la voz de un desconocido preguntar por la “Pinkerton Detective Agency”, y listo, tenemos un nuevo libro.

No conforme con nada, Auster se propone, como si fuera tarea fácil, o no tuviera nada mejor que hacer, lidiar con el tema del azar, la causalidad, o como se llama en inglés, “chance”. Y además se compromete con el mundo mientras hace películas, y viaja, y toma posición política, y viene a Argentina, y va a ATC, o canal siete como ahora le dicen, y da entrevistas, y lee una carta que le manda un joven que quiere estudiar cine y filmar pero no tiene muchas posibilidades, porque el gobierno escatima recursos, y se conmueve, y habla de la guerra, y de veinte cosas más, y váyanse todos a la mierda, Auster es re grosso, y si pudiera, daríale como mínimo un fortísimo apretón de manos, y le diría que yo no quiero que se muera nunca, y que me consuela saber que no todos los buenos escritores se murieron, y que cada vez que pienso que él pudo, me dan ganas de escribir, y que le deseo lo mejor, y que cuando quiera, si un día quiere, le vamos a tirar huevos a todos esa manga de energúmenos que no entienden nada.

Y supongo que después de tamaña digresión, debo dar por terminado esto, sea cual sea el nombre que quieran ponerle.


Subjuntivo"

*sobre el tema de los nombres de Lodge y Auster, pueden leer algo que el mismo Subjuntivo publicó en su blog.

Nota de la editora: y pensar que cuando lo conocí, yo le hablaba maravillas de Auster y el lo detestaba... jijiji!