27.6.08

Capítulo XXVIII

Era otro día. En la habitación de Lazuli, que olía a madera del norte y a resina, Folavril soñaba despierta. Lazuli iba a volver.

Por el techo corrían, como ranuras casi paralelas, las vetas de la madera salpicada de nudos oscuros y ms lisos, pulidos por el metal de la sierra.

Afuera, el viento se arrastraba por entre el polvo de la carretera y vagaba en torno a los setos vivos. Rizaba la hierba escarlata en olas sinuosas cuya cresta cubrían de espuma las tiernas florecillas. La cama de Lazuli estaba fresca bajo el cuerpo de Folavril. Había apartado el cubrecama para que su cuello reposara sobre el lino de la almohada.

Lazuli iba a venir. Se echaría a su lado y deslizaría su brazo por debajo de sus rubios cabellos. La mano derecha de Lazuli recorrería la espalda que ahora ella se palpaba suavemente.

Era tímido.

Los sueños desfilaban ante los ojos de Folavril; ella los cogía al pasar; pero, perezosa, nunca los seguía hasta el final. ¿Para qué soñar, si Lazuli iba a volver, él que no era un sueño? Folavril vivía de verdad. Le palpitaba la sangre, la sentía poniéndose un dedo en la sien, y le gustaba abrir y cerrar las manos para relajar los músculos. En ese preciso momento no notaba su pierna izquierda, que se le había dormido, y aplazaba la decisión de moverla porque sabía qué sensación tendría entonces, y era mucho más placentero experimentarla por adelantado.

El sol materializaba el aire en millones de puntitos, por entre los que bailaban algunos bichos alados. A veces desaparecían súbitamente, como tragados por la sombra de un rayo vacío, y Folavril sentía una pequeña punzada en el corazón (...)

La hierba roja,
Boris Vian