27.7.09

01. On the origins of the state

Every account of the origins of the state starts from the premise that "we"—not we the readers but some generic we so wide as to exclude no one—participate in its coming into being. But the fact is that the only "we" we know—ourselves and the people close to us—are born into the state; and our forebears too were born into the state as far back as we can trace. The state is always there before we are.

(How far back can we trace? In African thought, the consensus is that after the seventh generation we can no longer distinguish between history and myth.)

If, despite the evidence of our senses, we accept the premise that we or our forebears created the state, then we must also accept its entailment: that we or our forebears could have created the state in some other form, if we had chosen; perhaps, too, that we could change it if we collectively so decided. But the fact is that, even collectively, those who are "under" the state, who "belong to" the state, will find it very hard indeed to change its form; they—we—are certainly powerless to abolish it.

It is hardly in our power to change the form of the state and impossible to abolish it because, vis-à-vis the state, we are, precisely, powerless. In the myth of the founding of the state as set down by Thomas Hobbes, our descent into powerlessness was voluntary: in order to escape the violence of internecine warfare without end (reprisal upon reprisal, vengeance upon vengeance, the vendetta), we individually and severally yielded up to the state the right to use physical force (right is might, might is right), thereby entering the realm (the protection) of the law. Those who chose and choose to stay outside the compact become outlaw.


[01. SOBRE LOS ORíGENES DEL ESTADO

Toda explicación de los orígenes del estado parte de la premisa de que "nosotros" (no los lectores, sino algún nosotros genérico, tan amplio que no excluya a nadie) participamos en la creación del estado. Pero lo cierto es que el único "nosotros" que conocemos (nosotros mismos y las personas que nos rodean) nacemos en el estado; y nuestros antepasados, hasta tan lejos en el tiempo como podamos remontarnos, también nacieron en el estado. El estado está siempre ahí, antes que nosotros.

(¿Cuánto tiempo atrás podemos remontarnos? El pensamiento africano ha llegado al consenso de que después de la séptima generación ya no es posible distinguir entre historia y mito.)

Si, pese a la evidencia de nuestros sentidos, aceptamos la premisa de que nuestros antepasados crearon el estado, entonces debemos aceptar también lo que esto comporta: que, si lo hubiésemos elegido, nosotros o nuestros antepasados podríamos haber creado el estado de alguna otra forma; tal vez, también, que podríamos cambiarlo colectivamente si
así lo decidiéramos. Pero lo cierto es que, incluso colectivamente, a quienes están "bajo" el estado, a quienes "pertenecen" al estado, les resultará difícil de veras cambiar la forma del estado. Desde luego carecerán (careceremos) de poder para abolirlo.

No está en nuestro poder cambiar la forma del estado y es imposible abolirlo porque, frente al estado, somos, precisamente, impotentes. En el mito de la fundación del estado expuesto por Thomas Hobbes, nuestra caída en la impotencia era voluntaria: a fin de escapar a la violencia de la interminable guerra intestina (una represalia tras otra, una venganza tras otra, la vendetta), individualmente y por separado cedíamos al estado el derecho a emplear la fuerza física (el derecho es poder, el poder es derecho), introduciendo así el dominio (la protección) de la ley. Quienes eligen permanecer al margen del pacto quedan fuera de la ley.]

Diary of a Bad Year, J.M. Coetzee
Traducción de Jordi Fibla
Publicado en castellano por Mondadori, y en inglés por distintas casas (dependiendo del lugar de edición); acá se consigue, al menos en Kel, la edición de Vintage.



Igual, ojo, que recién lo estoy leyendo por estos días, y todavía no sé si lo recomiendo o no...